Sentía
miedo, o más que eso, terror. Tenía terror de convertirme en una persona fría o
de que él me viera como tal, nunca me importó lo que la gente pensara de mí
pero justo en ese ridículo instante todo
se volvió tremendamente importante. Mis gestos, mi respiración, mi tono de voz.
Mi voz que por minutos no escuché y aunque intenté hablar en variadas ocasiones
su mirada siempre podía más que cualquier atisbo de voz que pudiera forzar. No
quería decir algo en lo absoluto y estoy tan segura (pero tan segura) de que él
lo comprendía a la perfección, -y- aún así, la esperaba. Esperaba la palabra
concreta, una sutura para esta herida que no paraba de sangrar. Era la primera
vez que perdía los estribos, mi mente recordaba
todas aquellas frases tan peculiares de mi inherencia, buscando un qué
decir, condicionado por un qué sería lo indicado… Recordé la clase de
matemática y luego la de historia, la de biología que tanto odiaba pero que a
la vez esperaba con ansias pues era la última del día. Sentí, sobre la cabeza, la mano de papá
revoloteando mi cabello y lo añoré, lo añoré tanto.
¿Cuántas
películas podrían pasar por mi cabeza en tan solo segundos? ¿Cuántas debían
pasar?
“No
puedo…” fue lo único que pude pronunciar. Lo amaba y él lo sabía. Siempre lo
supo, desde que me ofreció fuego para
mis cigarrillos artesanales… Jaja, lo supo incluso antes que yo misma.
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