sábado, 27 de abril de 2013

II

Sentía miedo, o más que eso, terror. Tenía terror de convertirme en una persona fría o de que él me viera como tal, nunca me importó lo que la gente pensara de mí pero justo en ese ridículo instante  todo se volvió tremendamente importante. Mis gestos, mi respiración, mi tono de voz. Mi voz que por minutos no escuché y aunque intenté hablar en variadas ocasiones su mirada siempre podía más que cualquier atisbo de voz que pudiera forzar. No quería decir algo en lo absoluto y estoy tan segura (pero tan segura) de que él lo comprendía a la perfección, -y- aún así, la esperaba. Esperaba la palabra concreta, una sutura para esta herida que no paraba de sangrar. Era la primera vez que perdía los estribos, mi mente recordaba  todas aquellas frases tan peculiares de mi inherencia, buscando un qué decir, condicionado por un qué sería lo indicado… Recordé la clase de matemática y luego la de historia, la de biología que tanto odiaba pero que a la vez esperaba con ansias pues era la última del día.  Sentí, sobre la cabeza, la mano de papá revoloteando mi cabello y lo añoré, lo añoré tanto.

¿Cuántas películas podrían pasar por mi cabeza en tan solo segundos? ¿Cuántas debían pasar?

“No puedo…” fue lo único que pude pronunciar. Lo amaba y él lo sabía. Siempre lo supo,  desde que me ofreció fuego para mis cigarrillos artesanales… Jaja, lo supo incluso antes que yo misma.

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