lunes, 19 de noviembre de 2012

Últimamente solo tengo palabras para mí.
Tengo miedo, de vez en cuando, de lo que pueden hacer tus ojos, de lo frágiles que resultan ser al desviar la mirada. Tengo ansias de verlos todo el tiempo y el constante anhelo me provoca impotencia; impotencia de sentirme adicta a un suceso tan primitivo, tan inicial... Al encuentro de dos miradas que causan mutuo desconsuelo en la partida.

Y como siempre, logras ser la excusa, la pieza que encaja... Un Buen disfraz para un complejo de poca jactancia. Lamento el egoísmo, pero lamento aún más el 'quererte', el soñarte despierta , el pensarte, el dejarte fingir tan bien  llenar este vacío o más bien, originar dicha cavilación; tanto,  que en ocasiones, llego a temer que poco a poco dejes de ser (el tachado de...) impostor.

Pido tiempo fuera.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Un día (como cualquier otro).



Sí, a veces dicen que no importa, que la convergencia del caos en la vida de un puber no es la gran cosa, pero para el susodicho en cuestión, aquel desorden (aunque sea instantáneo) podría significar la proyección de su vida o en su contrariedad, el fin.

  Ella estaba frente a mí, llorando desconsoladamente. La verdad es que no recuerdo concreta-mente qué fue lo que me llevó hasta ahí, pero suponía que yo era el culpable de todo. Es horrible darte cuenta de cuán equivocado estás con respecto a una situación, o peor... De cuán solo estás en esa situación.
Conocí a Alondra un día normal, como en cualquier otro, caminaba por el Parque Forestal mientras sostenía un libro de Sábato en mi mano. Mamá siempre decía que un día algo malo me sucedería si leía sin  mirar por donde caminaba y creo que algo así sucedió.
Solo me di cuenta cuando caí al piso, después de que ella me arrolló con su bicicleta. Me quedé perplejo sobre el suelo, hasta que una singular voz inquirió con preocupación en cómo me encontraba.  Lo supe en el momento en que la vi a los ojos, era ella; ella y sus gigantescos ojos que me hacían perder hasta el más mínimo desdén que ocultaba hacia esta retorcida y sobreexplotada sociedad en que solía estar inmerso. Su voz era un cántico para mis oídos y no importaba cuántos libros hubiera leído, cada palabra que su boca pronunciaba era nueva para mí. Solo conseguí balbucear mi nombre, acto seguido, ella rió efusivamente hasta quedar sin aire. Sostuvo mi mano y logré ponerme de pie. Busqué mi libro, pero dentro del torpe estado en el que me encontraba, no logre encontrarlo. De pronto, la escuché leer justo la página que había permanecido marcada por largo tiempo: “Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estoy preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza.” 1 .  Luego de comprender, siguió riéndose pero esta vez añadió un “Uhhhhh…”.

Jaja, ¿Quién diría que todo aquello fue un vaticinio de nuestra pronta realidad? Y ¿Qué importan los recuerdos si aquel inicio ya marca en sí un final póstumo o de gran pesar? Si desde el comienzo todo está predestinado ¿Sirve de algo luchar contra aquel destino que nos aplasta sin rastros de clemencia? 
No sé porqué, pero nunca nadie había despertado tal interés en mí y me sentía afortunado de que ella compartiera la vida conmigo; sí, era la vida misma. Y por supuesto que podemos enamorarnos de la vida, tentándonos con ilusiones y siendo expectantes de supuestos que solo se desarrollan en nuestra psique, dejando de lado aquel conjunto de infinitos factores azarosos que podrían contrariar nuestros deseados planes.

Solo sabía mi parte, aquella en la gozábamos de la juventud y nuestra autonomía, de la armonía amorosa que el ser humano anhela, pero… Siempre existe un pero. Un momento de total oscuridad, donde solo existe la ausencia de respuesta.  ¿Qué se supone que hacemos frente a la adversidad?  Y ¿Cuál era mi adversidad en todo esto?

Alondra se moría, sí, como todos, se moría. Sin embargo, aquel acelerador de sucesos cayó sobre ella y por mi parte nunca creí que existiera si quiera una instancia o posibilidad de extender su sonrisa por 9 o 10 minutos más. Nunca había sentido tal impotencia, rabia, tristeza, pesar; me hundí en una nube de la que difícilmente pude escapar, pues el constante recuerdo de sus palabras destruía la idea que alguna vez conseguí construirme de la vida.

Ella estaba frente a mí, llorando desconsoladamente. Y ahora sí lo recuerdo… Recuerdo concretamente lo que me llevó hasta ahí y aunque yo no fuese el culpable, me sentía culpable, culpable en demasía, de mi ignorancia, de mi inutilidad; de estar ahí parado solo susurrando palabras de afecto y reprimiendo aquellas lágrimas que empujaban mis parpados con vehemencia. La misma vehemencia con la ella apretaba mi mano, minutos antes de que su energía se agotara, de que me abandonara o más bien… No lo sé.

(…)Debo ir a mi casa, hace días que no vuelvo, quizás camine por aquel callejón oscuro que me asustaba cuando era chico, quizás me acerque a mirar el Mapocho, quizás pase a saludar a la señora que vende parches curitas afuera de Cal y Canto, quizás ni llegue hoy, quizás lo haga mañana, quizás deba trabajar o quizás deba ir al colegio, quizás llame a mi madre, podría estar preocupada, quizás lo haga o quizás no. Quizás me muera, quizás no vuelva más o quizás deba quedarme aquí, frente a ella. Quizás no quiera vivir o quizás solo tenga que hacerlo.

Mientras tanto camino sin rumbo, como en un día normal, por Parque Forestal. Esta vez con otro libro de Sábato en mis manos, lo abro y leo: "Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección." 2. Acto seguido, río. Jajaja, ¿Quién lo diría? ¿Extraña coincidencia o tal vez un “te lo dije”? Ah, un carajo.



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1, Ernesto Sabato, El túnel.
2, Ernesto Sabato, Sobre Héroes y tumbas.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Hoy (futuro de un ayer)

Hay muchas cosas que quiero contarte, vernos y no parar de hablarnos durante horas pues también hay mucho que quiero saber; y es que he llegado al punto humano en que las palabras no bastan, que los mensajes en la distancia se desvanecen por la interferencia. Te quiero observar durante horas, vidas... Sí, durante vidas. Quizás con eso me baste, quizás con eso llenaré este vacío que se ha adueñado de mi sentir. Necesito infinitos encuentros, o en su defecto uno solo que dure para siempre(suponiendo aquel siempre como la persistencia de este en la memoria).


viernes, 16 de noviembre de 2012

Y de aquí hasta más alla(¿afuera?)

Nos hemos cansado de existir, de yacer en deseos sexuales sin despertar anhelos eternos. A veces me atemoriza el hecho de que estés tan lejos, casi en otra época; una época que escapa de mi realidad local, de mi horizonte truncado. Te busco inertemente, pues no sé si pueda detenerme alguna vez. No recuerdo cuando comenzó o mejor dicho cuando terminó, tal vez sea un sueño, quizás una premonición. Pierdo las nociones del tiempo, pierdo la continuidad y me ahogo en el caos de mi pensamiento, en la surgencia de nuevos indicios,  en imaginaciones banales que conllevan a un escenario ficticio. Temo a la alucinación. Temo a no tocarte nunca más. Temo que mis palabras no rocen las comisuras de tu boca. En este momento, temo. Temo por mí y también por ti, por nuestra existencia y por nuestro querer. ¿ Qué hacer?(...) encuentra una respuesta.