Era una mañana cualquiera-para mí- en la que desperté de una horrible pesadilla. El sudor, se hacía común a mi despertar, cada vez más. Mi lámpara tiritaba y escuchaba el ladrido de los perros. ¿Qué sucedía?
Al principio, no presté atención; pero cuando todo se movió bruscamente, mi conciencia no podía creerlo. Mis manos aún aferradas a la sábana me indicaban que era el fin para muchos y sobre todo para él.
Instintivamente miré a mi izquierda, y ahí estaba. Gregory, mi pececito. Sentí profunda agonía cuando pensé que tendría que correr sin él. Que en mis manos no habría más espacio que el que sostenía mi vida y la de mi perro. Que primero pensaría en mi familia. ¿Acaso él no lo era?
Por momentos pensé en que “Nopodíaestartratandodesalvaraunpez” pero se hacía tan rutina verlo ahí dando vueltas en su pequeña pecera que intenté aferrarme a mis recuerdos y pensar en todo lo que le había dicho, lo que le había contado. Es chistoso, porque él nunca me entendió (bueno, muchas personas no logran hacerlo; pero me refiero al dialecto.) y yo seguía diciéndole cosas e intentando saber de él, haciéndole preguntas e incluso jugando con él.
De pronto, mi padre se asomó por la puerta, como si nada hubiera pasado. Me miró, notó que sudaba y abrió la ventana. Dijo: ¿Qué tal, floja? Y Fue en ese momento en el que todos mis recuerdos volvieron a mí. Fue en ese momento en el que recuperé la conciencia y dejé de soñar cosas catastróficas y poniendo en peligro a los míos; pues, papá estaba ahí, estaba ahí para protegerme.
~Entre sus brazos, aún me siento una niña.
