Sí, a veces dicen que no importa, que la convergencia del caos en la vida de un puber no es la gran cosa, pero para el susodicho en cuestión, aquel desorden (aunque sea instantáneo) podría significar la proyección de su vida o en su contrariedad, el fin.
Ella estaba frente a mí, llorando desconsoladamente. La verdad es que no recuerdo concreta-mente qué fue lo que me llevó hasta ahí, pero suponía que yo era el culpable de todo. Es horrible darte cuenta de cuán equivocado estás con respecto a una situación, o peor... De cuán solo estás en esa situación.
Conocí a Alondra un día normal, como en cualquier otro, caminaba por el Parque Forestal mientras sostenía un libro de Sábato en mi mano. Mamá siempre decía que un día algo malo me sucedería si leía sin mirar por donde caminaba y creo que algo así sucedió.
Solo me di cuenta cuando caí al piso, después de que ella me arrolló con su bicicleta. Me quedé perplejo sobre el suelo, hasta que una singular voz inquirió con preocupación en cómo me encontraba. Lo supe en el momento en que la vi a los ojos, era ella; ella y sus gigantescos ojos que me hacían perder hasta el más mínimo desdén que ocultaba hacia esta retorcida y sobreexplotada sociedad en que solía estar inmerso. Su voz era un cántico para mis oídos y no importaba cuántos libros hubiera leído, cada palabra que su boca pronunciaba era nueva para mí. Solo conseguí balbucear mi nombre, acto seguido, ella rió efusivamente hasta quedar sin aire. Sostuvo mi mano y logré ponerme de pie. Busqué mi libro, pero dentro del torpe estado en el que me encontraba, no logre encontrarlo. De pronto, la escuché leer justo la página que había permanecido marcada por largo tiempo: “Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estoy preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza.” 1 . Luego de comprender, siguió riéndose pero esta vez añadió un “Uhhhhh…”.
Jaja, ¿Quién diría que todo aquello fue un vaticinio de nuestra pronta realidad? Y ¿Qué importan los recuerdos si aquel inicio ya marca en sí un final póstumo o de gran pesar? Si desde el comienzo todo está predestinado ¿Sirve de algo luchar contra aquel destino que nos aplasta sin rastros de clemencia?
No sé porqué, pero nunca nadie había despertado tal interés en mí y me sentía afortunado de que ella compartiera la vida conmigo; sí, era la vida misma. Y por supuesto que podemos enamorarnos de la vida, tentándonos con ilusiones y siendo expectantes de supuestos que solo se desarrollan en nuestra psique, dejando de lado aquel conjunto de infinitos factores azarosos que podrían contrariar nuestros deseados planes.
Solo sabía mi parte, aquella en la gozábamos de la juventud y nuestra autonomía, de la armonía amorosa que el ser humano anhela, pero… Siempre existe un pero. Un momento de total oscuridad, donde solo existe la ausencia de respuesta. ¿Qué se supone que hacemos frente a la adversidad? Y ¿Cuál era mi adversidad en todo esto?
Alondra se moría, sí, como todos, se moría. Sin embargo, aquel acelerador de sucesos cayó sobre ella y por mi parte nunca creí que existiera si quiera una instancia o posibilidad de extender su sonrisa por 9 o 10 minutos más. Nunca había sentido tal impotencia, rabia, tristeza, pesar; me hundí en una nube de la que difícilmente pude escapar, pues el constante recuerdo de sus palabras destruía la idea que alguna vez conseguí construirme de la vida.
Ella estaba frente a mí, llorando desconsoladamente. Y ahora sí lo recuerdo… Recuerdo concretamente lo que me llevó hasta ahí y aunque yo no fuese el culpable, me sentía culpable, culpable en demasía, de mi ignorancia, de mi inutilidad; de estar ahí parado solo susurrando palabras de afecto y reprimiendo aquellas lágrimas que empujaban mis parpados con vehemencia. La misma vehemencia con la ella apretaba mi mano, minutos antes de que su energía se agotara, de que me abandonara o más bien… No lo sé.
(…)Debo ir a mi casa, hace días que no vuelvo, quizás camine por aquel callejón oscuro que me asustaba cuando era chico, quizás me acerque a mirar el Mapocho, quizás pase a saludar a la señora que vende parches curitas afuera de Cal y Canto, quizás ni llegue hoy, quizás lo haga mañana, quizás deba trabajar o quizás deba ir al colegio, quizás llame a mi madre, podría estar preocupada, quizás lo haga o quizás no. Quizás me muera, quizás no vuelva más o quizás deba quedarme aquí, frente a ella. Quizás no quiera vivir o quizás solo tenga que hacerlo.
Mientras tanto camino sin rumbo, como en un día normal, por Parque Forestal. Esta vez con otro libro de Sábato en mis manos, lo abro y leo: "Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección." 2. Acto seguido, río. Jajaja, ¿Quién lo diría? ¿Extraña coincidencia o tal vez un “te lo dije”? Ah, un carajo.
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1, Ernesto Sabato, El túnel.
2, Ernesto Sabato, Sobre Héroes y tumbas.