Y de pronto el cuerpo cansado ya no puede "más".
Se arrastra con vehemencia y palpita con fulgor, sin embargo se daría por vencido en cualquier momento.
A la espera de una conjetura,
de un "cualquier cosa",
palpita y palpita, sin dejar vacío sonoro,
aumenta las frecuencias, incrementa la intensidad;
quizás sea su último atisbo de vida, quizás sea el concho de un pasar obnubilado por todo.
Y tiembla.
Tiembla de pensar en lo que vendrá, aferrándose a la poca física que le queda de este mundo;
ahogándose entre dimensiones, desesperado por no yacer...
... y ¿Qué quieres?
- ¡¿Qué quiero?!- se pregunta.
. . .
(Se asusta)
. . .
¿Qué se supone que querría un cuerpo que funciona solo porque sí?
¿A quién preguntarle en el fin de la vida, porqué se inicia tal?
Y no me refiero a por (el) qué, sino porqué.
¿Qué sabría yo de la vida si ni siquiera la poseo?
¿Que sabría de ella, si tan solo soy un canal de su representación?
¡¿Cómo un ignorante como yo podría dar en el clavo de semejante cuestión?!
¿Sabrán los árboles? ¿Sabrán sus frutos?
. . .
( y ahora se arrepiente, de las pocas charlas que entabló con dichos personajes.)
. . .
Y en la inervación se enerva.
Se desdobla, Se abandona.
(y) Desde el suelo observa a aquel que yacía en sí mismo,
desde allá-agitando su mano- se despide.
Se siente usado, ignorado,
sin rumbo, sin fin
camina por la carretera, bajo el fatigante calor
el sudor recorre su cuerpo, empapa su rostro
-¡Esperen!
(¿qué sucede?)
- No recuerdo mi rostro.
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