martes, 15 de febrero de 2011

un hábito sucio.

Empujo la luna con la mirada
y me tomo un vaso de locura.
Remojo la conciencia en ron polvorizado,
e inhalo un papelillo de la peor calaña.

El columpio zigzaguea
al jugar con mi mascota,
cantan una canción
mientras mis dedos se pierden
en la sangre que impregna.

Te miro desde la ventana,
hipnotizando al pasado que nunca volvió.
Aquel pasado del cual sin temor te encargaste,
para que se perdiera
en el sendero de vuelta.

No te hablo, ni respiro;
te escucho inquieto
desde el balcón del tercer piso.
¿y que tendría de intrínseco
caer al vacío?

Tus palabras te ahogan,
& me contagian tus agonías.
Luego gritas que me odias
y que sin mi
la vida seguiría siendo una tertulia.

Exhalo mi última carcajada
y desciendo de mi papel de mala.
Me miras y dices que me amas
que sin mi la vida sería una ganga.

Pero que mala suerte,
digo ensimismada.
Tu fortuna,
desgraciadamente se acaba.

Cierras la ventana
y me gritas que me vaya.
Acto seguido dispongo a mi marcha,
pero corres tras de mí
y besas mi cara.

Dices que jamás volverá a suceder,
pero cada noche es más difícil
que vuelva a amanecer.
La luna ya no tiene fuerzas para retornar,
ni yo las ganas para empujar.

Y así las tazas siguen sucias,
y el perro con falsa amargura,
la soledad inmersa en la ventana
y tu y yo en medio de nada.


¡Qué vida! ¡Qué cagada!
¡Qué engaño es el antaño!
La adicción, el argumento de la canción.
Qué mentira, nuestra vidas.
O quizás ¡Qué real!,
el instante en que nuestras miradas
esperan escapar.

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