Le vi en el escenario, en nuestro primer encuentro. A pocos metros, cantando mi canción favorita, riendo irónicamente sin saber que probablemente, horas después de aquellas circunstancias me enamoraría perdidamente de aquel recuerdo que mi psiquis retuvo de él.
Y ahora le veo entre ojos, entre la vida y la inconsciencia. Tratando de utilizar el suelo como el sedante de aquel frío inexistente o en su defecto, del sofocante calor de su sonrisa; de aquel brillo en sus ojos que actúa como el purificador de mi alma, incitándola a pecar constantemente.
Su tacto se desliza a través de mis pensamientos y hiere a la razón, empujando a la locura a formar parte de este relato.
Me equivoco. Cedo al caer en la inseguridad, tras aquella lucha constante de saber y posesión de la voluntad, me quiebro. Sé que no se trata meramente del amor, sino de la aflicción y el temor; aquel instante casi póstumo en el que tu voluntad ya no irradia.
Y comprendí que vivimos experiencias paralelas. Que podremos mirarnos infinitamente, pero que nunca llegaré a saber si eres de verdad. Que no habrá una secante que interceda en nuestro actuar, porque ninguna señal tuya podrá tocar mi espacio y perturbar mi realidad.
Aun así espero un gesto, una cavilación, una señal, un alumbramiento, sabiendo que nada pasará. Nada pasa siempre. Pues tú siempre has sido la estatua rígida, aquella en la que no puedo provocar cambio alguno. Viví de tu sombra, de mi mal construirte. Nunca comprenderás, pues nunca he comprendido yo, cómo es que he logrado navegar a través de este obstinado y embriagante mar.
te puedo hacer una pregunta?
ResponderEliminarSí.
ResponderEliminarEse amor es tan real como lo es la fantasía en que está inmerso? Si se acaba la fantasía se acaba el amor?
ResponderEliminarEse amor es mi musa; quizás real, quizás fantástico.
ResponderEliminarEl amor es contínuo, así que no pienso en acabarlo alguna vez.
Lamento la demora, en serio.