sábado, 20 de noviembre de 2010

Volviste.

- ¿Dónde estás?
- Aquí. Tocándote.
- ¿Cómo es que no te siento?
- Yo sí. ¿Qué sucede contigo?
- Creo que TODO.
- Ah?
- …Perdóname, pero nunca podré ser para ti. Te amo, pero lo único que mi amor te hará, será daño.
- ¡¿De qué hablas?!
- Perdóname… Ahora y siempre.
- No, no lo haré. Eres lo único que mi imaginación nunca había alcanzado y quiero llegar más allá. Dáñame, explícame; si eso es necesario para que nos amemos.
- No lo es… No podrás amarme si te daño.
- Sin embargo, lo hago en este instante...


- Prométeme algo…
- ¿Qué cosa?
- Prométeme que cuando se acabe, aceptarás que fui así y no llorarás en vano. Prométeme que me sacarás de tu mente como a una mala calificación.
- ¿Eso harás tú?
- No lo sé.
- Pues, entonces te prometo que “no lo sé”.
- ¿Por qué me haces esto?
- ¿Por qué me lo haces tú a mí?
- Por que te amo.
- Pues, yo también lo hago.
- Está bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario